Explicaba entonces en una animada charla con mis amigas facebookeras que nada tengo en contra de hacer bizcochos o punto, mucho menos de las chicas que lo hacen. Lo que me ocurre es que creo que, tal vez, nos estén queriendo regresar al lugar del que en realidad nunca llegamos a salir, y que, en ese caso, estaría bien que al menos mientras nos hacemos el moño de issasaewis, las galletitas con forma de corazón o el broche de fieltro, seamos un poquito conscientes de lo que nos pasa.

Recomendaba, obvio, la lectura de Betty Friedan, y en todo caso, iniciarse en este viejo asunto con el artículo de Francisco Fuster que cito al pie de esta entrada. Recordaba también que Mad Men era otra forma extraordinaria de acercarse a la cuestión y que Betty Draper es para mi la personalización de "el mal que no tiene nombre".
Y dándole vueltas a Mad Men, a Betty, a mi Peggy Olson…me acordé que no hace poco con motivo de un trabajo del máster que estoy cursando escribí una entrada sobre la serie, en el blog colectivo de la asignatura de nuevas tecnologías, que hoy me ha apetecido rescatar:
Ambientada en la etapa postbélica de los Estados Unidos, Mad Men nos muestra, a través de la agencia de publicidad Sterling&Cooper en lo alto de un rascacielos de Madison Avenue, la sociedad norteamericana de la época, sus modos de vida, sus valores, su transformación, sus sueños, sus contradicciones…y, de forma muy especial, las relaciones entre mujeres y hombres.
“De acuerdo con la mística de la feminidad, la mujer no tiene otra forma de crear y de soñar en el futuro. No puede considerarse a sí misma bajo ningún otro aspecto que no sea el de madre de sus hijos o esposa de su marido”.
El incremento del poder adquisitivo y la producción y la sociedad de consumo, corren paralelos al auge de la publicidad y de los medios de comunicación que le dan soporte, dibujando un modelo de sociedad en el que la marca tiene valor y está asociada a un determinado modo de vida y a unos valores concretos. La publicidad y los medios de comunicación serán definitivos para construir, por ejemplo, el ideal de mujer, el ama de casa primorosa, un estereotipo que en realidad tan sólo existe en el imaginario colectivo.
Finaliza la guerra, ellos han vuelto a casa, y ellas han sido desplazadas de nuevo a los hogares y a los empleos de menor relevancia y peor remunerados. Han sido puestas a disposición de los hombres, para servirlos y hacerles la vida más agradable. El paradigma de un empleo de este tipo es el de secretaria en Sterling&Cooper: “ten a mano aspirinas, vendas, aguja e hilo, whisky, bombones, sales de baño y claveles;… has de ser a veces madre, a veces camarera, a veces…” dice Joan Holloway a Peggy Olson en su primer día en Sterling and Cooper.
El ideal de mujer es el de casada ama de casa y madre que vive en un barrio residencial y a ello han de aspirar todas las niñas, muchachas, jóvenes y no tan jóvenes. “Si te mueves bien, pronto vivirás en la ciudad, pero si te sabes mover de verdad vivirás en un barrio residencial y no trabajarás”, le dice también Joan a Peggy en la misma escena.
Volviendo a Betty Friedan: “Los años de soledad, en los que los maridos y los prometidos estaban lejos luchando o podían ser muertos por una bomba, hicieron a las mujeres especialmente vulnerables a la mística de la feminidad. Les hicieron creer que la tristeza de la soledad que la guerra había añadido a sus vidas era el precio inevitable que tendrían que pagar por su carrera, por cualquier actividad que las obligase a salir del hogar. La mística les planteaba claramente un dilema: amor, hogar hijos, o bien cualquier otro objetivo o actividad. Ante este dilema, ¿es de extrañar que tantas mujeres norteamericanas escogieran el amor como único objetivo en sus vidas?”.
Aún a riesgo de desvelaros la historia, hemos de decir que a lo largo de la Historia siempre ha habido mujeres “desobedientes” que no respondieron a lo que de ellas se esperaba, que desafiaron el orden establecido, que dieron pasos más allá de donde estaba permitido y que han ido conquistando nuevos espacios de libertad para nuestras sociedades. “Mi” Peggy Olson fue una de ellas.
Fuster García, Francisco (2007). Betty Friedan: La mística de la feminidad. Claves para la razón práctica. Nº 177. Accesible el 15 de mayo de 2012 en http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/noticias/claves_articulo177_fuster.pdf